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Un Cuento Corto : Recuerdo de mi último grito.

Era un viernes por la tarde,  próximamente terminaba mi jornada laboral. Estaba sentada en mi escritorio terminando uno de los reportes mensuales, el cuál era una de mis actividades laborales. La verdad me sentía tan aburrida dado que era un reporte estadístico, y ya me sabía de memoria toda la información que tenía que plasmar en el bendito informe. Por un momento mire a mí alrededor y note a mis dos compañeras de oficina charlando. Dado que el espacio donde nos encontrábamos era un área relativamente reducido, solamente con los equipos de computación necesarios, con escritorios que se veían tristes y grises de lo viejo que se encontraban, aunque se la había dicho al coordinador del departamento que era hora que los cambiaran,  se podía escuchar el cuchicheo de lo que ambas chicas conversaban. Me dio curiosidad enterarme de que hablaban, y a la vez tomé esto de excusa para hacer una corta pausa en el informe que estaba realizando y en el cuál sentía que no estaba avanzando para nada, como si estuviera portando en las piernas una cadena de hierro con bola de acero, las que se le colocaban a los reos en la época de la Revolución Francesa.
Me acerque a Rosmery, una de las chicas, es más alta que yo así que debo alzar la vista un poco para poder conversar con ella. No me parecía tan atractiva, pero tenía una personalidad arrolladora, la consideraba inteligente y un poco parlanchina. Llevaba puesto una blusa de color rojo intenso, de esos tonos que cuando uno lo mira dan como mareo.  En cambio Zully, la otra chica, era bastante tímida, creo porque era la más joven del grupo, siempre se le veía ensimismada en su escritorio, parecía como atrapada en un trance agónico de atollamiento que solamente se le veía salir de ello cuando era hora de irse a casa.
Me uno a Rosmery y Zully sonriendo, y les pregunto que andaban tramando. Al principio estaban un poco renuentes, pero después me contaron que planeaban ir con otros compañeros de oficina al parque de diversiones que había acabado de llegar a la ciudad. Me pareció divertido ir aunque todavía no me habían invitado oficialmente. En ese momento, trate de recordar la última vez que fui a un parque de diversiones y creo fue en la época que estaba en la escuela. A mis primas y a mí nos encantaba ir al parque a montarnos en la montaña rusa. Particularmente, me fascinaba la sensación de vacío que sentía en mi estómago  cuando el aparato empezaba a dar vueltas, giros y comenzaba a agarrar velocidad. Sentía el viento en mi cara que me pegaba fuertemente, como ráfagas de hielo que me hacía temblar toda y me envolvía de repente un miedo aterrador de que me fuera a caer al vacío y no poder  detenerme ni el pavimento. Precisamente en ese instante gritaba a todo pulmón y me sentía liberada como la cálida brisa de una mañana en otoño.
Volví a la realidad cuando Rosmery y Zully me preguntaron si quería acompañarlas, mire hacia mi escritorio y el computador todavía tenía en el monitor la página Excel titilando recordándome que debía terminar el aburrido informe que me tenía ya con los ojos cuadrados. Mire mi reloj, eran las 5:30 p.m.  – en éste momento pensé en quedarme y terminar el reporte. No me sentía preparada mentalmente para escuchar los alaridos del lunático de mi jefe el día Lunes cuando se diera cuenta que no tenía la información en su flamante escritorio. Recapacité en menos de cinco segundos que no debería terminar el reporte, al fin y al cabo no me ha incrementado el salario prometido, así que quedamos a paz y salvo. Me fui al parque de diversiones a gritar.

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